Desventuras domésticas - 2005



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Tan real como la vida misma. Éstas son una serie de sucesos verídicos que tuve por bien escribillos en cartas que envié a la señorita Sonia Collado. Miren, miren...

Martes, 17 de mayo de 2005

Desventuras domésticas

Hola Sonía:

A ver, tía, ayer te llamé al móvil para discutir el asunto, descolgaste, se oyeron unos ruidos frenéticos de papeles y se cortó. Volví a llamar, se oyeron los tonos y se volvió a cortar. Supuse que te había pillado en un momento inoportuno. Espero que la cosa no fuese grave.
Nada más que decir por aquí. Pero para que la cosa no quede exangüe, te contaré mis vicisitudes domésticas, seguro de que te causarán grande contento y diversión. Generoso que es uno, que por daros gusto, incluso te cuento mis penosas desventuras. Hoy se trata del famoso caso de la colada. Es el caso que dióme mi madre instrucciónes un tanto vagas e imprecisas del funcionamiento de la lavadora, de manera que, acuitado y no muy seguro de mis habilidades, la semana pasada le pedí ayuda a mi vecina para poner en marcha el dicho trasto. Entróse conmigo e inspeccionamos el artilugio sin llegar a una comprensión cabal dél. En verdad sabía yo más que ella y le sugería que pusiese el jabón y el suavizante en alguno de los infinitos compartimentos que había en un cajoncito oculto. El caso es que la máquina echó a andar, a los dos o tres días saqué las prendas íntimas que había puesto y todos tan contentos. Pero he te aquí que ayer tuve la ocurrencia de lavar dos vaqueros y un albornoz, y cuál sería mi sorpresa cuando al ir a poner el jabón en el mismo sitio que la vez anterior descubrí con estupor que estaba ya lleno e intacto. Saqué las coclusiones oportunas y llené otro compartimento que junto a aquél había. Le di vueltas a la rueda del programa dejándola donde Dios me dio a entender y le di candela. Bueno, esta vez parece que fue bien. El nuevo jabón había desaparecido, pero el de la semana pasada seguía allí intacto con ciertos visos de fosilización.

Bueno y aquí terminan mis desventuras por el momento. ¿Oye, no conocerás a alguna ama de llaves de confianza?

Adiós.

miércoles, 18 de mayo de 2005


Desventura de las salchichas putrefactas.

Pues mala suerte. Efectivamente, la ley de Murfy no falla y la fiesta de fin de curso es el viernes 17. Y de la comida esa que dices, estará bien y será divertido. ¡Qué bueno! Ya dirás tú el día que prefieres y mejor se te acomoda. Para cualquier otra cosa, mande su merced lo que quisiere, que todo se hará según su gusto, tal es mi deseo de vos servir.

¿Y de la aventura de las salchichas tumefactas? Pues púseme en un plato tres salchichas fritas, una gorda que había tenido el buen acuerdo de comprar ayer, y dos que encontré en un paquete abierto en otros tiempos. Probé la gorda y dije: esto va bien, esto va bien. Pero cuando probé las otras, noté un cierto sabor ácido a carne-momia. Enseguida las tiré a la basura achicharrándome un dedo con el aceite que todabía tenían y púseme de presto a freir otra de las gordas.

Ya tá.

martes, 07 de junio de 2005


Pollo a la carbonara

Hola Sonía:

Los días pasan y esto se termina. Pero entretanto que el destino se cumple, muy bien te puedes entretener oyendo las desastradas aventuras a las que dan lugar mi impericia doméstica.

Pues es el caso que yendo a meter ayer en el congelador una laxaña de carne que prudentemente había comprado para mejor proveer mi menguada despensa, hallé en él un objeto durísimo envuelto en una bolsa de plástico cuya naturaleza mi ingenio determinó que era la de un cuarto de pollo. ¡Vaya! ¡qué suerte!, pensé, esto puede muy bien ser mi cena de hoy. Tras las correspondientes averiguaciones, instrucciones telefónicas que amablemente mi madre me dio, búsqueda de ingredientes y sus sucedáneos a propósito y diverso instrumental necesario para la empresa, puse el trozo de pollo en un plato hondo por falta de bandeja de cristal, lo aderecé con secciones cilíndricas de ajo, lo rocié frenéticamente de pimienta y sal, y, finalmente, vertí sobre él los restos de vino de una botella que quedaba de hace un lustro mezclado con agua. No sé, no sé, pensaba mientras lo metía en la "microwaves machine". Había dicho mi madre, acostumbrada al horno, que en una hora u hora y media estaría, pero que lo mirase cada media hora. En fín, lo puse a toda caña en la posición de microondas más grill y esperé pacientemente.

Supongo que estarás pensando que con la alegría y avaricia con que eché la pimienta, se me cauterizó la lengua y otras partes blandas de mi organismo y tuve que dejar el pollito como reclamo de dragones. Pues no fue así. A los 15 minutos, aquello ya olía que te cagas de bien y todo parecía ir viento en popa. Esto marcha, esto marcha, pensaba yo. Cuando lo saqué a los 20 minutos para darle la vuelta eso ya estaba tostadito y con la alegría del éxito, no le di importancia al achicharramiento que sufrió la punta de mi dedo en la operación. En fin, repetí la operación dos o tres veces y aquello cada vez estaba más negro, pero yo lo achacaba a mi bajo rendimiento visual. Además, aventurando la integridad de mi dedo, me parecía que la carne estaba aún un poco dura. De manera que dije: hum, mientras frío las patatitas le voy a dar el último herbor y listo. Bueno, no le di mucha importancia a las pequeñas explosiones que se oían dentro del micromachine y, cuando lo saqué a unos 600 o 700 grados, me dio que pensar un cierto olorcillo a chamuscado y una sospechosa y drástica reducción de peso del complejo culinario. la verdad es que, aun así, olía bien y yo me las prometía muy felices. Púsele las patatas encima y ¡a comer!

He de reconocer que me llevé una desagradable sorpresa cuando al hincar el diente comprobé que la consistencia de la carne era asaz dura y quebradiza, con sabor a quemado. Concluí que la masa compacta que había sido el pollo estaba Definitiva y completamente carbonizada. Para que te hagas una idea, cuando mordía y ronchaba, no era capaz de discernir si se trataba de hueso o carne fósil. Imagínate. Inventé, pues, la receta de pollo a la carbonara. Ja ja ja.

Ala, adiós.


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